La memoria de la achicoria en Mozoncillo

Hoy nos alejamos un poco de la Sierra de Guadarrama para visitar el pueblo de Mozoncillo, rico en pinares (de hecho su gentilicio es piñoneros) y en una agricultura intensiva de regadío, desarrollada hace no muchos años.

En el año 2019 tuvimos la enorme suerte de poder entrevistar a dos de las personas que mejor conocían el proceso de cultivo y transformación de una planta que tuvo muchísima importancia económica en la Tierra de Pinares segoviana, la achicoria. En una de las salas del Ayuntamiento pudimos charlar y aprender de los datos y lecciones de vida que nos dieron Irineo Herranz Gozalo (26/03/1935) y Pelegrín Herranz Arribas (29/12/1936).

Irineo Herranz (izquierda) y Pelegrín Herranz (derecha), durante la entrevista.

Irineo Herranz entró a trabajar a los 13 años, en el año 1948, en las oficinas de la fábrica de achicoria «La Asunción», con lo que nos dio datos muy concretos del proceso de tratamiento de la planta desde que llegaba a los almacenes hasta que salía empaquetada y precintada. Pelegrín, por su parte, fua agricultor durante toda su vida y nos dio detalles de la siembra, cuidado del cultivo y el proceso de transporte de las plantas a la fábrica.

La época de esplendor de la achicoria fue tras la Guerra Civil, una época de escasez en la que se utilizó como sustitutivo del café. A partir de los años 60 del pasado siglo XX, cuando las condiciones económicas mejoraron, aumentó el consumo del café que, sumado a la llegada de los solubles, dio el golpe de gracia a esta industria.

El cultivo de la achicoria comenzaba con el labrado de la tierra, a la que había que dar varias vueltas y «organizarla bien«. Una vez en condiciones, «se le hacía un surco con la yunta y a través de la grana que nos daban en la fábrica, con un botecito, íbamos surco por surco y con el pie íbamos tapando un poco«. Esta tarea de siembra se realizaba en marzo, trayéndose la semilla de Cuéllar, donde «había un señor que se dedicaba a eso y daba la semilla a los industriales. El industrial, según terreno, en unas bolsitas de medio kilo, un kilo o dos kilos, se les daba a los agricultores y se hacía su correspondiente contrato«. «Hacíamos contratos para asegurar que se iba a recoger el producto. Los primeros años no se hacía, pero luego el agricultor estaba hasta la coronilla y venía a nosotros porque no se la cogían. Ya con el contrato estabas obligado a cogérsela. Además, la semilla había que darla sana, para que no salieran los machos, que no valían». El macho se llamaba a la planta que «subía para arriba y no valía«. Se cortaban con un hocín y se echaba al ganado para que la consumiera.

Una vez sembrada, la primera tarea era revisar si nacía o no y resembrar si hacía falta. Durante el crecimiento había que escardar, quitar las hierbas no deseadas, a mano: «no había productos«. Para los Santos (1 de noviembre) se comenzaba con la recolección de la planta, que llevaban los agricultores en carros a la fábrica. La campaña podía durar hasta el mes de febrero y, en años excepcionales, hasta marzo. La Asunción se nutría de la achicoria que se cultivaba en Mozoncillo, Pinarnegrillo, Aldea Real, Cantimpalos, Escarabajosa de Cabezas, Fuentepelayo y Carbonero el Mayor. «Entonces, como yo, muchos llevaban la achicoria en los carros tirados por yuntas de machos o de vacas, que solían llevar de 800 a 1500 Kg y se pesaba en la fábrica en cajones”.

Durante el pesaje se descontaba un porcentaje por si llevaba tierra, estaba húmeda…»se descontaba del 3 al 10%«. La achicoria se acumulaba al aire libre o bien en unos colgadizos. La primera tarea, tras lavar las plantas y antes de pasar a los hornos, era trocear la raíz. «Las mujeres picaban la achicoria con un hocín, una por una. Con una mano, si eran pequeñas, cogían 2 ó 3, pero si era grande, una sola. La tenían que abrir, rajar con un cuchillo, como una nuez o una castaña. Si va muy gordo no se puede secar«. «Estaba nevando o helando y estaba la gente picando al aire libre«.

Mujeres picando la achicoria con el hocín

Después de picar en trozos, éstos se introducían en sacos y los obreros los llevaban a los hornos, donde se secaba la achicoria y que estaban compuestos por una chapa metálica que tenía fuego por debajo. «Los hornos eran a fuego directo, con unos estufones que repartían el calor por todo ello, si eran 70 ó 90 m, según fuera el edificio. Nosotros teníamos dos secaderos. Hubo hasta tres, hace muchos años«. Pelegrín se acuerda que «cuando era chico, los días de frío me iba a calentar a los hornos, nos metíamos una cuadrilla de chicos allí a calentarnos».

La leña era suministrada por gabarreros, que iban a cargarla a mano al pinar para la fábrica. «Se iban gastando 1000-1500 toneladas por campaña«. En este proceso de secado, que duraba unas 16 horas, la achicoria mermaba un 75 % y después, se torrefactaba, perdiendo otro 25 %. «Se expurgaba por si había algo que no valiera y luego se molía. Después de moler se empaquetaba y se enviaba a distintos puntos de España. El empaquetado lo hacían mujeres, 20 ó 30 mujeres«. Los paquetes eran de 50 g, 100 g y 500 g.

Sello de la fábrica de la Asunción
(foto extraída del blog https://patrimonioindustrialensegovia.blogspot.com/)

La achicoria era un producto que estaba controlado por el Estado y de ello nos hablaba Irineo: «Hacienda tenía unos impuestos y había que sacar los precintos y según el tamaño del paquete se ponía la precinta. Había 3 ó 4 tamaños. Pagabas a Hacienda por anticipado. Como los licores, igual. Cada 2 ó 3 meses venían a inspeccionar. Venían para ver si llevabas los libros de contabilidad bien. El paquete sin precinto no tenía aceptación ni con su marca. Formaba parte de la autorización que tenías que tener para ponerte en marcha como industrial. No estabas clandestino, estabas bien fichado«.

Para hacernos una idea del volumen de achicoria que se trataba en La Asunción y su rendimiento, Irineo nos dio el siguiente dato: «Aproximadamente tratábamos 2.000.000 de kilos en verde y sacábamos 300.000 kg en seco, embalado«. La achicoria se vendía a comercio mayorista y a pequeñas tiendas. Se vendía también raíz seca a las fábricas del norte de España, en Durango, Bilbao…

De la importancia de esta industria en Mozoncillo, Pelegrín fue muy directo: «Quitó mucha hambre a Mozoncillo. A nivel de agricultores que llevábamos la achicoria allí, para sacar nuestro dinerillo y los más de 100 obreros que durante tres meses llevaban su jornal. Luego quedaban unos 20«. A todos ellos había que sumarle la gente que llevaba la leña a la fábrica.

En Mozoncillo hubo tres secaderos: La Asunción, La Maestra y el secadero de D. Petronilo, el único que se conserva en pie. En los años 70, La Asunción cerró definitivamente sus puertas.

Hoy, la achicoria ha pasado de ser un artículo de primera necesidad a una curiosidad para paladares nostálgicos o herbolarios especializados. En un mundo que hoy busca lo auténtico, lo natural y lo saludable, la achicoria guarda un potencial dormido.

¿Y si reivindicamos de nuevo esa raíz que «quitó tanta hambre»? Quizás sea el momento de mirar atrás para dar un paso adelante, apostando por recuperar el valor de un producto que fue nuestro estandarte.

Este artículo no es solo una mirada al pasado, sino una pieza viva del proyecto «Hilando voces, tejiendo raíces». Historias como esta, son tesoros de nuestra memoria colectiva que corren el riesgo de borrarse si no las documentamos a tiempo.

Aún quedan muchísimos conocimientos, oficios y vivencias que rescatar de nuestros mayores, pero necesitamos tu ayuda para seguir tejiendo esta red.


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Apuntes de etnobotánica segoviana: El zumaque (Rhus coriaria)

Volvemos a esta sección con un arbusto que fue muy importante en la industria tintórea y de curtidos de nuestra provincia: el zumaque (Rhus coriaria).

Este arbusto, de unos 3 metros de altura, en la actualidad es muy escaso en la provincia, quedando de los antiguos cultivos, algunos individuos aislados o formando pequeñas agrupaciones en la zona de Orejana, Valleruela, Rades de Pedraza y Coca. En alguna de nuestras rutas guiadas hemos podido admirar alguno de estos ejemplares.

zumaque (Rhus coriaria)

Los tallos y ramas son gruesos y de tacto suave, ya que están recubiertos de un fino vello. Las hojas son compuestas, de cuatro a siete pares de foliolos, más uno impar en el extremo. Son lanceoladas y dentadas irregularmente y vellosas en el envés. Los frutos son menores que un guisante y crecen en racimos apretados.

hojas y frutos de zumaque al inicio de la otoñada

Parece ser que fue introducido en Europa por los árabes cuando conquistaron Sicilia y era muy valorado tanto el de esta isla como el de tierra de Toledo.

En otoño, las hojas toman un color rojo fuego que hace que estos arbustos sean fáciles de identificar en el campo.

hojas y frutos en plena otoñada

A finales de noviembre se recogían las ramas jóvenes, las hojas y los frutos y, una vez secas al sol, se machacaban con un rodillo, se trillaban en las eras, se aventaban, se cribaban y se reducían a polvo, que era lo que se vendía a tenerías y a las industrias del tinte.

Se utilizaba para teñir de negro. Se echaba el agua hirviendo y se metía la ropa durante una o dos horas, se sacaba y se enfriaba. Después se hervía, usando como mordiente,caparrosa.

El proceso de curtido aparece descrito en el interesante libro «Catálogo de los usos tradicionales de los recursos naturales de la provincia de Segovia» de Lorenzo, G; Barbero, C & Sánchez M. A, editado por Caja Segovia en 1997. Para este proceso las pieles, una vez limpias y preparadas, se metían en un noque lleno de zumaque durante 24 horas. Una vez secas, se llenaban de zumaque y se cosían y se apilaban para que el líquido las curtiera bien en profundidad. Veinticuatro horas después, las pieles se descosían, se aclaraban y se estiraban sobre un tablero de nogal, pasando después a las cuerdas de secadero.

Un buen ejemplar de zumaque

Este zumaque se usaba en las tenerías del valle del Clamores en Segovia, las de Cuéllar y muchas otras villas de la provincia. El cultivo de este arbusto ha quedado en la toponimia de algunas localidades, como «El zumacal» en Rades de Pedraza o «Las Zumaqueras» en La Lastrilla.

Apuntes de etnobotánica segoviana: la ajonjera (Chondrilla juncea)

Una de las plantas más comunes que nos podemos encontrar aún en flor en verano es la ajonjera (Chondrilla juncea). Crece en tierras de labor de secano, bordes de caminos, cunetas y barbechos. En la provincia, Emilio Blanco recogió los nombres de ajonjera, ajunjera, jonjera, aljunjera, aballaderas, baleo, balladeras, escoba, escobas de baleo, o lonjera. Nosotros hemos recogido el nombre de lechera, en pueblos como Trescasas o Val de San Pedro.

Planta de Chondrilla juncea

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una planta bianual, que el primer año da una roseta de hojas que recuerda a la del diente de león. El segundo año, esta roseta desaparece y la planta entallece, formándose un tallo con hojas escasas, lineales y de bordes enteros o con algún dientecito espinoso en la base. El tallo muestra pelos blancos muy cortos. Las flores, de color amarillo, en número de 10 a 12 y con figura de lengüeta tienen 5 dientecitos en el ápice. Forman cabezuelas protegidas por un estrecho involucro.

Flores de Chondrilla juncea

El uso más común de esta planta ha sido la fabricación de escobas para barrer las casas y las eras. Se recogía la planta cuando todavía estaba algo verde y se dejaban secar a la sombra, antes de atar la escoba. Los brotes tiernos blanquecinos del principio de la primavera se comían.

Si cortamos la planta, segrega un látex blanquecino (de ahí el nombre de lechera). Este látex, según hemos recogido en Val de San Pedro o en Trescasas, se utilizaba para cauterizar los cortes que se producían en las manos con la hoz, cuando segaban.

látex segregado por Chondrilla juncea

Todavía hoy es posible ver en muchas casas de pueblo las escobas que se fabricaban con esta planta. Todavía se siguen recogiendo en algún pueblo, pues «como lo de antes no hay nada».

 

 

 

Apuntes de etnobotánica segoviana: el cardillo (Scolymus hispanicus)

Abundantísimo por todas partes, cunetas, caminos, baldíos y terrenos removidos, este cardo era un recurso alimenticio muy utilizado en primavera, cuando la hoja estaba tierna.

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Para identificarlo, cuando se corta la raíz o el tallo, rezuma un látex muy blanco. El tallo es vigoroso y ramificado en su parte superior y está dotado de alas espinosas que se pierden al taparse con la hoja que está debajo. Las hojas son alternas y alargadas, las de la base son pecioladas, blandas y no muy espinosas y las del tallo son decurrentes (como si estuvieran adheridas a él), más duras y más espinosas, con los bordes engrosados.
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Las flores son liguladas, amarillas y se agrupan en capítulos que surgen en la axila de las hojas superiores, acompañadas, una a cada lado, de otras dos hojas menores.

Para preparar esta planta para su consumo, se pelan las hojas tiernas (se quita la parte verde de la hoja, dejando sólo la penca) y luego se hierve. Una vez hervido se comía en tortilla, en revuelto, rehogado o en el cocido. Un dicho tradicional dice lo siguiente: «el de abril para mí, el de mayo para mi amo y el de junio para mi burro».

Emilio Blanco recoge otro uso, en este caso medicinal: la flor se utilizaba para la descomposición. «Había que hervirla y beber el agua»

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Apuntes de etnobotánica segoviana: El espino albar (Crataegus monogyna)

Empezamos aquí una serie de entradas sobre plantas útiles usadas en Segovia. La especie elegida para comenzar es el espino albar (Crataegus monogyna). Lo más normal es que no supere los 2 ó 3 metros de altura en estado silvestre, aunque si se le poda puede llegar hasta los 6 metros o incluso los 10, con un tronco y una copa bien diferenciados.

Es un arbusto de hoja caduca, bastante frondoso y con grandes espinas de unos 2 cm de longitud. Las hojas son muy características, con 3 -7 lóbulos más o menos profundos. Suele florecer entre abril y mayo y las flores, blancas y de 5 pétalos y olor agradable, salen en ramillete. El fruto es redondo, del tamaño de un guisante, de color rojo y con un solo hueso. Esta especie es muy común junto a arroyos, linderos, bosques mixtos…

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En Segovia, según Emilio Blanco en su interesante trabajo «Diccionario de etnobotánica segoviana», esta especie se denomina de varias maneras: espino, espino majuelo, majuelo, majoleto, manjoleto o zarza majueleta. Nosotros hemos recogido los nombres de espino mantequillero en Aldealengua de Pedraza y espino manjoletero en La Cuesta.

Los frutos se llaman majoletas, manjoletas, majuelas, majuetas o mochuetas y en algunos pueblos se comían y con la madera se fabricaban puntualmente cucharas de madera. Nos contaron en La Cuesta que los husos de hilar estaban hechos de madera de espino albar. También se usaba su madera para la lumbre para hacer pan.

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En cuanto a sus propiedades medicinales, se usan sus flores en infusión, como tónicas del corazón y del aparato circulatorio. Disminuyen la tensión arterial si se tiene alta y la sube si se tiene baja. Se recogen sus flores y se secan lo más rápidamente posible en lugar aireado y a la sombra y se guardan, preferentemente en botes de cristal herméticamente cerrados.

Como hemos comentado, se toman en infusión. Se calienta el agua hasta que hierva y se apaga el fuego. A continuación se echan las flores y al cabo de unos 5-10 minutos se retiran las flores (colando la infusión, por ejemplo) y se bebe.

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